"Atado y bien atado": Franco planificó la continuidad del Régimen tras su fallecimiento

Franco toma juramento del Príncipe Juan Carlos de Borbón. | Europa Press.
Toda una declaración de principios, que cobraba máxima trascendencia en asuntos como la sucesión en la jefatura del Estado

Durante décadas, una inscripción grabada en las monedas oficiales de España proclamaba: "Francisco Franco Caudillo de España por la Gracia de Dios". Esta frase no solo definía un título, sino que simbolizaba el poder absoluto que el dictador ejerció, especialmente visible en la cuestión clave de la sucesión al frente del Estado.

Francisco Franco se convirtió en jefe del Estado desde el 1 de octubre de 1936, como resultado de la rebelión que lideró contra la II República el 18 de julio de ese mismo año, el conflicto que desencadenó la cruenta Guerra Civil española y que culminó con la victoria franquista.

Fue en 1947 cuando el régimen oficializó, por medio de una ley, que España era un reino, y que Franco tenía la potestad de designar a su sucesor a la jefatura del Estado. Sin embargo, esta decisión tardó en materializarse y, tras varios años, recayó en 1969 sobre el infante Juan Carlos, quien asumió ese cargo "a título de rey". Juan Carlos, nieto del rey Alfonso XIII y hijo de Don Juan de Borbón exiliado en Estoril, fue trasladado a Madrid en 1948 para ser formado bajo la supervisión de Franco desde su infancia.

La estrategia del relevo político

El 22 de julio de 1969, Franco oficializó el relevo al jurar Juan Carlos ante las Cortes franquistas, otorgándole el título de Príncipe de España —no Príncipe de Asturias, ya que Don Juan mantuvo sus derechos dinásticos hasta 1977. En su anuncio, Franco destacó la lealtad y las cualidades de Juan Carlos: "Consciente de mi responsabilidad ante Dios y ante la historia, y valorando con toda objetividad las condiciones que concurren en la persona del Príncipe don Juan Carlos de Borbón..."

El dictador aseguraba que todo quedaba resuelto: "Todo ha quedado atado y bien atado", proclamó en su discurso navideño de 1969. Aun así, un último detalle generó suspense: la división entre la jefatura del Estado y la presidencia del Gobierno. Los más nostálgicos franquistas vieron en esta medida un intento por perpetuar el régimen más allá de la muerte del Caudillo.

En 1973, Franco nombró jefe del Ejecutivo al almirante Carrero Blanco, un estrecho colaborador suyo, quien parecía el candidato seguro para continuar bajo la sombra del franquismo tras la desaparición del dictador. Pero la tragedia llegó ese mismo año: Carrero fue asesinado el 20 de diciembre en un atentado de ETA en Madrid, desmantelando cualquier previsión política y sumiendo al régimen en un período incierto.

Los últimos días del dictador y el reinado de Juan Carlos

La crisis política se agravó cuando Carlos Arias Navarro fue nombrado presidente del Gobierno, una figura considerada incluso más franquista que el propio Franco. En julio de 1974, el dictador fue hospitalizado por una flebitis y el príncipe Juan Carlos asumió provisionalmente la jefatura del Estado durante siete semanas. Aunque Franco regresó al poder brevemente, ya mostraba signos evidentes de enfermedad, incluyendo Parkinson.

El proceso de deterioro finalizó en octubre de 1975. Franco sufrió un infarto el día 14, recibió la extremaunción el 25 y permaneció con vida para facilitar una transición ordenada. Juan Carlos asumió interinamente la jefatura del Estado el 30 de octubre y fue proclamado rey ante las Cortes el 22 de noviembre, apenas días antes del fallecimiento del dictador el 20 de noviembre. Esta etapa coincidió con la salida de España del Sáhara Occidental tras la Marcha Verde.

En su libro 'Reconciliación', Juan Carlos rememora su última conversación con Franco: "Me cogió de la mano y me dijo como en un último suspiro: 'Alteza, solo le pido una cosa: mantenga la unidad del país'". Mientras una parte de España recibió la noticia con esperanza, otra lamentó la pérdida, evidenciando la profunda división del país.

El funeral de Franco contó con la presencia de figuras polémicas como Augusto Pinochet e Imelda Marcos. Sus restos fueron enterrados en la Basílica del Valle de los Caídos, donde permanecieron hasta 2019. Apenas siete meses después de la muerte del dictador, Arias Navarro fue destituido por orden de Juan Carlos, que nombró en su lugar a Adolfo Suárez, marcando un hito decisivo en el inicio de la Transición española.