Pepe Oneto

40 años de la empanadilla de Móstoles

Y es que Millán Salcedo, 40 años después, sigue siendo exactamente eso: un hombre con un sentido del humor intacto, incluso más fino, y una calidad humana enorme
Millán Salcedo en el famoso sketch.
Millán Salcedo en el famoso sketch.

El próximo miércoles 31 de diciembre se cumplen 40 años de una de esas actuaciones que no solo hicieron reír a un país entero, sino que lo dejaron descolocado, con lágrimas en los ojos y la sensación de haber asistido a algo irrepetible justo antes de las uvas. La empanadilla de Móstoles de Martes y Trece, emitida en el especial de fin de año de Televisión Española de 1985, no fue un simple sketch: fue un fenómeno social, cultural y casi científico que explicó mejor que muchos ensayos cómo funcionaba -y funciona- el alma española cuando decide dramatizar lo más insignificante.

En aquella llamada telefónica ya legendaria, Millán Salcedo se transformaba en una Encarna Sánchez solemne, sentenciosa y radiofónicamente todopoderosa, mientras que Josema Yuste, al otro lado del auricular, encarnaba a una señora de Móstoles absolutamente devastada porque, durante la llamada, se le iba quemar una empanadilla que llevaba para su hijo. Lo sublime del asunto no era el accidente culinario, sino el modo de contarlo: lenguaje coloquial hipertrofiado, confusión perpetua, drama aplicado a una nimiedad, silencios eternos, muletillas inagotables y ese tono tan reconocible que todos hemos escuchado alguna vez en una tía, una vecina… o en nosotros mismos cuando nos dan carrete.

Martes y Trece no se reían de Móstoles. Se reían -con una precisión quirúrgica- de la solemnidad absurda, del victimismo doméstico y de aquella España que llamaba a la radio nocturna para convertir un contratiempo mínimo en tragedia nacional con tintes épicos. La parodia de los programas radiofónicos de Encarna Sánchez fue tan certera que todavía hoy funciona como un mecanismo perfecto: dos voces, un teléfono y un texto de orfebrería. Sin decorados, sin efectos, sin artificios. Humor desnudo. Humor eterno.

He tenido la suerte -y el honor- de compartir recientemente mucho tiempo con Millán Salcedo, gran amigo mío, durante la gala de Navidad que organiza cada año la cadena COPE en Marbella, en el Palacio de Exposiciones y Congresos Adolfo Suárez. Fueron horas juntos, sin separarnos, recordando anécdotas y desmenuzando aquella actuación que cambió la historia del humor televisivo en España. Allí, entre risas y confidencias, Millán me reveló algo que agranda aún más la leyenda: la empanadilla de Móstoles fue totalmente improvisada. No había guion cerrado. No había ensayo. No había plan B. Todo fue en directo. Todo fue intuición, oído, ritmo y talento en estado puro.

En esa misma gala dirigida magistralmente por José Antonio Gómez, director de COPE Marbella, una casa a la que me une un vínculo especial, no solo por la amistad sino porque allí tengo mi propio espacio semanal (Copeando) en las mañanas de COPE Marbella, que dirige con enorme profesionalidad y cercanía mi querida amiga Raquel Tapia. Fue una noche de recuerdos y de humor del bueno, del que no necesita maquillaje.

Y es que Millán Salcedo, 40 años después, sigue siendo exactamente eso: un hombre con un sentido del humor intacto, incluso más fino, y una calidad humana enorme. Honesto, honrado, caballero. Un señor del humor y un señor como persona. Algo cada vez menos frecuente y, por eso mismo, más valioso.

Hoy, cuatro décadas después, cuando la empanadilla de Móstoles reaparece en alguna televisión generalista o a golpe de clic en las redes sociales, sucede lo inevitable: seguimos riendo como la primera vez. Porque el humor limpio, auténtico y verdadero -como el que practicaba Martes y Trece- no envejece. Cambian los tiempos, cambian las modas… pero la empanadilla sigue quemándose. Y nosotros, afortunadamente, seguimos perdiendo la compostura de la risa.