Un año sin ti, contigo siempre
Querida Carmen:
Ha pasado un año… y, sin embargo, hay ausencias que no entienden de calendarios. La tuya es una de ellas (9 de abril). Hoy (8 de abril, día en que se hizo la misa del año), mientras la iglesia de San Telmo se llenaba hasta no caber un alma, no hacía falta mirar alrededor para comprender lo evidente: sigues estando muy presente en todos nosotros.
No era solo una misa. Era algo mucho más hondo. Un abrazo colectivo. Un susurro compartido entre quienes te quisimos y quienes seguimos nombrándote en voz baja, con ese respeto limpio y ese cariño profundo que solo se guarda a las personas verdaderamente buenas. Había emoción en cada gesto, en cada mirada, en cada silencio que decía más que cualquier palabra.
Y tú lo eras, Carmen. Buena de corazón, sin artificios. De esas personas que dejan huella sin proponérselo, simplemente siendo. Sin hacer ruido, pero quedándose para siempre en la vida de los demás. Siempre atenta, cercana y generosa.
Mientras escuchaba la ceremonia, no podía dejar de recordarte y, sobre todo, de agradecerte. Agradecerte tanto cariño, tanta cercanía… y especialmente todo lo que hiciste por Loli. En sus momentos más difíciles estuviste ahí, como solo saben estar las personas grandes: acompañando y queriendo sin pedir nada a cambio. Con una lealtad que no necesitaba palabras. Eso no se olvida. Eso permanece.
Estoy convencido de que ahora estáis juntas. Porque, si existe un lugar reservado para la gente buena, ese es donde está Loli… y dónde estás tú. Me gusta pensar que seguís compartiendo confidencias, risas y ese cariño sereno que siempre os unió.
También te encuentro en los pequeños gestos que te hacían aún más grande. Cada vez que iba a ver a mis nietos -a Julia, en Granada; a Zoe y Gaby, en Torremolinos- siempre había un detalle tuyo, un regalo que hablaba de ti. Y en Reyes… nunca faltabas. Como si quisieras estar presente en su infancia de la forma más bonita posible. Y lo estabas.
Esos gestos, Carmen, son los que construyen la memoria verdadera. La que no se borra. La que se queda a vivir en el corazón y aparece cuando menos lo esperas, en forma de recuerdo que reconforta y emociona.
Hoy he visto a Antonio, emocionado. Y no puedo dejar de decirte algo que sé que querrías escuchar: tu “gordo” está llevando tu ausencia con entereza. Pero, por mucha fortaleza que muestre, hay un pellizco en su alma desde que te fuiste que nunca se ha ido… ni se irá. Lo sé bien, porque yo también recorro ese camino desde que se fue mi Loli, aprendiendo a convivir con esa ausencia que nunca termina de hacerse costumbre.
He vuelto a pensar en la suerte de haberte tenido cerca, en el privilegio de haberte conocido y de haber compartido tantos momentos sencillos y valiosos. Momentos que hoy cobran un significado aún mayor y que forman parte de lo mejor que la vida me ha regalado.
Dicen que la verdadera recompensa de una vida buena es el recuerdo que se deja. Si eso es cierto -y yo creo que lo es-, la tuya ha sido inmensamente rica. Porque hoy, en esa iglesia llena, estaba la prueba más clara: todos te querían… y todos te seguimos queriendo.
Carmen, no te olvidaré. No te olvidaremos nunca. Porque hay personas que no se van del todo. Simplemente, se quedan de otra manera.
Con todo mi cariño,
Pepe Oneto