Pepe Oneto

El barro no apagó la esperanza

Hoy la Sierra Gaditana sigue curando heridas. Queda mucho por hacer. Ahora llega el tiempo de reconstruir, pero también el de no olvidar lo aprendido
Vecinos de Grazalema, en su regreso a la localidad | EP
Vecinos de Grazalema, en su regreso a la localidad | EP

La Sierra Gaditana no estuvo sola. Han pasado ya varios días desde que la tormenta convirtió calles en ríos y hogares en incertidumbre en nuestra provincia gaditana, y especialmente en la Sierra. Ahora, con cierta y relativa tranquilidad, miramos atrás y todavía duele recordar lo vivido. Hay momentos que se quedan grabados para siempre, y aquellos días de principios de febrero fueron uno de ellos. Dolió mirar a Grazalema y ver cómo un pueblo entero tuvo que ser desalojado. Casas vacías. Calles en silencio. Vecinos obligados a marcharse con lo puesto, dejando atrás su vida, sus recuerdos, sus cosas más queridas.

Ese nudo en la garganta lo entendieron bien quienes lo vivieron en primera persona. Las borrascas golpearon con una fuerza descomunal. Grazalema fue el punto más crítico, con lluvias históricas, riesgo constante de desprendimientos y la intervención de la UME. Pero no estuvo sola en el sufrimiento. Ubrique, Benamahoma, El Bosque, Torre Alháquime y Benaocaz vieron cómo se cerraban colegios y se paralizaba la actividad. Arcos de la Frontera y Bornos fueron castigados por inundaciones, carreteras cortadas y riberas desbordadas. Villaluenga del Rosario y Olvera afrontaron graves incidencias y dificultades de acceso. Detrás de cada nombre hubo familias marcadas por la incertidumbre, el miedo y la pérdida. Vimos a personas mayores salir de sus casas sin saber si podrían volver pronto. Vimos a familias llorar frente al barro. Vimos pueblos enteros evacuados. Fueron imágenes de una tristeza honda, de esas que no se explican: se sienten.

Con el paso de los días, el tiempo dio una tregua. El cielo aflojó y ese respiro permitió comenzar a limpiar, a ayudar, a recomponerse. No borró el daño ni el dolor, pero abrió una pequeña puerta a la esperanza. Hoy, cuando la emergencia inmediata ha quedado atrás, comienza el tiempo más silencioso y difícil: el de reconstruir. Y hay algo que también quedó claro: no lamentamos una tragedia mayor en pérdida de vidas humanas -más allá del tristísimo caso de una persona que falleció intentando salvar a su mascota-. Eso no fue fruto del azar. Fue consecuencia de una reacción más rápida, más coordinada y más responsable por parte de quienes tenían la obligación de actuar. Sin entrar en connotaciones políticas, es evidente que tragedias recientes dejaron lecciones muy duras. Esta vez se actuó antes, con mayor previsión y coordinación.

Se activaron protocolos con diligencia y se tomaron decisiones a tiempo. Y esa diferencia fue determinante para evitar un desenlace mucho más dramático. A todo ello se sumó algo que define a esta tierra: la solidaridad. Vecinos ayudando a vecinos sin preguntar a quién. Manos tendidas sin condiciones. Es justo reconocer la labor de los ayuntamientos, con alcaldes y alcaldesas al frente; el trabajo ejemplar de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que fueron más allá de su deber con humanidad y entrega; y la implicación de la Junta de Andalucía y del conjunto de las administraciones, que trabajaron unidas, codo con codo.

Hoy la Sierra Gaditana sigue curando heridas. Queda mucho por hacer. Ahora llega el tiempo de reconstruir, pero también el de no olvidar lo aprendido. La Sierra Gaditana sufrió. Pero no estuvo sola. Y mientras haya manos tendidas, seguirá habiendo esperanza después de la tormenta.