El callejón del olvido de La Casería

El Callejón del Reverbero.
Resulta incomprensible que una ciudad que presume, con razón, de avances, modernidad y proyección, tolere un punto negro de este calibre

Hay lugares que son postales vivas. Rincones que, sin proponérselo, resumen la esencia de un territorio. En La Isla, uno de esos espacios se asoma con dignidad marinera a la Bahía: La Casería. Allí todo encaja: el salitre, la memoria, la luz, la autenticidad. Un paisaje que no se explica, se siente.

Pero basta avanzar unos metros para que esa imagen se rompa de forma abrupta, casi ofensiva.

El contraste no es solo evidente, es sangrante.

El Callejón Reverbero se ha convertido, sin rodeos, en una auténtica vergüenza. Lo que debería ser un punto de conexión digno entre dos realidades de la ciudad es hoy un vertedero a cielo abierto. Basura acumulada, maleza descontrolada y un firme que no está deteriorado: está destrozado, herido, abandonado a su suerte. No hay mantenimiento, no hay cuidado, no hay excusa.

Y cuando llega el invierno, la situación deja de ser simplemente lamentable para rozar lo irracional. Lo que ya es intransitable se transforma en un río. Un auténtico cauce de agua que impide el paso y convierte el lugar en una trampa incómoda y peligrosa. No es una exageración: es la realidad que pisan —o intentan pisar— quienes se atreven a cruzarlo.

Resulta incomprensible que una ciudad que presume, con razón, de avances, modernidad y proyección, tolere un punto negro de este calibre. Porque no estamos hablando de un rincón perdido, sino de un espacio que forma parte del día a día de vecinos y visitantes. Y lo que transmite no es otra cosa que dejadez, abandono y una preocupante falta de respeto.

Y aquí es donde la indignación ya no admite matices.

Porque uno ya no sabe si ese callejón es competencia del Ayuntamiento isleño, de la Diputación, de la Armada —es decir, del Gobierno central—, de la Unión Europea, del Vaticano o, puestos a exagerar con ironía, de la asociación de belenistas. Lo que sí está claro es algo mucho más sencillo y mucho más grave: quien tenga la responsabilidad, sea quien sea, está fallando estrepitosamente.

Y no de ahora. De hace años.

Años en los que los vecinos han alzado la voz una y otra vez. Años en los que la Asociación de Vecinos de La Casería, con su presidente Domingo Sirviente al frente, ha reclamado soluciones con paciencia, con argumentos y con una constancia que ya roza lo heroico. Años, en definitiva, predicando en el desierto.

¿Y cuál ha sido la respuesta?

El silencio.

Un silencio espeso, incómodo, que duele más que el propio abandono físico del lugar. Porque cuando la administración —la que sea— calla y no actúa, el mensaje que lanza es demoledor: que hay zonas que importan menos, que hay vecinos de segunda, que hay problemas que pueden seguir esperando eternamente.

La imagen es tan impropia que, por momentos, cuesta creer que estemos en La Isla. Más bien parece un escenario de esos donde la desidia ha echado raíces profundas, donde la administración hace tiempo que dejó de mirar hacia ese lado del mapa. Y sí, la comparación puede resultar dura, pero más duro es convivir cada día con esta realidad.

San Fernando no se merece esto.

No se lo merece su historia. No se lo merecen sus barrios. No se lo merece La Casería, que ofrece una de las estampas más hermosas y auténticas de la Bahía. Y, desde luego, no se lo merecen sus vecinos, que llevan demasiado tiempo esperando algo tan básico como respeto.

Porque dignificar una ciudad no siempre exige grandes inversiones ni proyectos grandilocuentes. A veces basta con algo mucho más sencillo: responsabilidad, atención y voluntad.

El Callejón Reverbero no necesita más promesas, ni más excusas, ni más silencios administrativos.

Necesita una solución.

Y la necesita ya.