La Careta de Oro y el latido eterno del Carnaval Isleño
La Careta de Oro del Carnaval isleño que este fin de semana me concedió la Peña Cultural Carnavalesca El Perete, que preside mi buen amigo Antonio Gómez, no es solo un galardón: es un abrazo público, un gesto de cariño que me ha emocionado profundamente. Hay premios que se exhiben; este se siente. Y yo lo siento como uno de los momentos más hermosos de mi vida vinculada a nuestra fiesta.
No soy autor ni componente de agrupación. No soy un “carnavalero” de escenario, pero sí un enamorado absoluto del Carnaval de San Fernando. Esa pasión me viene de cuna. Mi padre, gran aficionado e íntimo amigo de ese conocido y reconocido autor carnavalesco isleño, el tristemente desaparecido José Ramos “El Requeté”, fue su apoyo constante, su consejero, casi su hermano. En mi casa el Carnaval no era un acontecimiento puntual: era conversación diaria, compromiso, identidad y sentimiento. De ahí nace mi manera de entenderlo, vivirlo y defenderlo.
Con los años he intentado aportar lo que humildemente he sabido y podido. Desde mi trayectoria profesional como docente gastronómico y desde la comunicación -prensa escrita, radio y televisión- siempre he procurado conservar, promover y divulgar el Carnaval isleño. Aun jubilado, sigo colaborando con la misma ilusión del primer día. También desde la literatura: uno de mis diecisiete libros, Con sabor a Carnaval, une coplas y gastronomía, porque nuestra fiesta también se cuece a fuego lento entre amigos, papelillos y recuerdos compartidos.
Que la Junta Directiva de El Perete, de forma unánime, haya considerado que esa labor merece la Careta de Oro me sobrecoge y me honra. El Perete no es una peña cualquiera: es historia viva del Carnaval. Ese emblemático bar (El Perete) donde han ensayado grandes agrupaciones y la entidad que, desde su creación, trabaja sin descanso por mantener viva la llama carnavalera forman parte esencial de nuestra memoria colectiva.
La imposición, en la céntrica Plaza del Rey, convertida en estas fiestas carnavalescas en la Plaza del Carnaval, con el majestuoso e histórico edificio del Ayuntamiento isleño como telón de fondo, fue un instante mágico. Engalanada, llena de coplas y abrazos, con ese escenario que simboliza el crecimiento imparable de nuestra fiesta, sentí el latido de un pueblo orgulloso de su Carnaval, que hoy ocupa un lugar destacado en la provincia y en el resto de Andalucía, con personalidad propia y una dignidad incuestionable.
Sé que nunca llueve a gusto de todos. Siempre hay algún que otro “derrotista” que protesta por sistema. Son muy pocos, aunque a veces hagan más ruido que una murga afinando. A todos, mi respeto, porque el Carnaval también es crítica y libertad; pero me quedo con el cariño inmenso recibido, que ha sido sincero y abrumador.
Este reconocimiento se suma a otros que guardo con igual gratitud: el Timón de Oro (Peña El Timón), la Llave del Carnaval Isleño (Los Pollitos Mi Compare), Tortillero de Honor (La Bandurria), el Macarena de Oro del recordado restaurante La Macarena, el Pierrot de Plata del Ayuntamiento y Quesero Mayor del Carnaval (Los Catavinos). Distinciones que jamás entendí como metas, sino como estímulos para seguir caminando y aportando.
Gracias, de corazón, a la Peña Cultural Carnavalesca El Perete por este gesto tan generoso, tan noble y tan carnavalero. Seguiré defendiendo nuestra fiesta con la palabra, con el micrófono y, si hace falta, con el cucharón. Porque cuando el Carnaval se lleva dentro, no necesita disfraz: solo verdad, memoria y corazón… y el latido eterno de un pueblo que nunca deja de cantar.