Pepe Oneto

El morbo como agenda y la pena como espectáculo

El ser humano queda reducido a contenido y la empatía se convierte en producto audiovisual. Aún más lamentable ha sido la utilización política de la tragedia
 Uno de los vagones del tren de Iryo que descarriló en Adamuz | EP
Uno de los vagones del tren de Iryo que descarriló en Adamuz | EP

Antes de cualquier análisis, resulta una obligación moral expresar el más profundo pesar por el trágico accidente ferroviario ocurrido en Adamuz, Córdoba. Una desgracia que ha dejado un rastro de dolor que no entiende de ideologías ni territorios: vidas perdidas, familias rotas, heridos que aún luchan por recuperarse y una sociedad conmocionada ante una tragedia difícil de asimilar. A los familiares de las víctimas, mi más sentido pésame; a los heridos, mis mejores deseos de una pronta y completa recuperación. Desde el respeto que impone el duelo, cabe reflexionar sobre el tratamiento mediático posterior a la tragedia. Es incuestionable que los medios de comunicación tienen la misión de informar, pero informar no equivale a convertir el dolor ajeno en un espectáculo permanente ni a transformar la actualidad en un escaparate de morbo destinado a acumular audiencia.

En estos días, una parte significativa de la prensa, la radio y la televisión ha optado por la sobreexposición sensacionalista: tertulias interminables, imágenes repetidas hasta el agotamiento, reconstrucciones dramáticas y preguntas imprudentes a familiares en estado de shock. Todo ello configura un tratamiento que roza el exhibicionismo emocional. No se trata de silenciar la información, sino de comprender que existe una frontera ética entre informar y explotar, y esa frontera se ha desdibujado peligrosamente. Cuando el suceso deja de ser noticia para convertirse en mercancía informativa, deja de servir al ciudadano y pasa a servir exclusivamente a los índices de audiencia. Se compite por quién aporta más dramatismo, quién estira más la lágrima, quién exhibe mayor sufrimiento.

El ser humano queda reducido a contenido y la empatía se convierte en producto audiovisual. Aún más lamentable ha sido la utilización política de la tragedia. Mientras las familias contaban víctimas y los servicios sanitarios luchaban por salvar vidas, algunos actores políticos se apresuraban a señalar culpables, provocar enfrentamientos y obtener rédito del dolor. No se esperó al luto ni al sosiego emocional, ni siquiera se guardó silencio. Una parte de la política española -especialmente desde la extrema derecha- convirtió el accidente en munición partidista, con acusaciones prematuras, consignas incendiarias y un discurso que prioriza la confrontación sobre el respeto básico a los afectados.

Frente a esta deriva, conviene destacar el comportamiento institucional del presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno. Su actitud prudente y respetuosa ha representado lo que debería ser el mínimo ético en situaciones de esta gravedad: presencia sin estridencias, apoyo sin oportunismo y un mensaje sobrio centrado en el duelo, el respeto y la unidad. Un comportamiento ejemplar del que deberían tomar nota quienes confunden liderazgo con ruido y gestión con propaganda. Porque en momentos oscuros, lo prioritario no es ganar el relato, sino aliviar el dolor. No es señalar culpables desde una tribuna mediática, sino acompañar y ayudar. No es explotar el sufrimiento, sino respetarlo. Vivimos tiempos acelerados donde todo se divulga al instante y nada permanece. Pero la dignidad debería permanecer siempre. Una sociedad que convierte la desgracia en espectáculo y la pena en arma arrojadiza corre el riesgo de deshumanizarse. Que esta tragedia nos sirva, al menos, para recordar lo esencial: que el dolor merece silencio, que la información exige responsabilidad y que la política, si aspira a ser útil, debe empezar por respetar a las personas a las que dice representar.