Pepe Oneto

Onomásticas: el termómetro (implacable) del afecto

Pero convendrán conmigo en que tiene su aquel comprobar cómo hay personas de las que jamás esperaría uno una felicitación… y ahí están

Permítaseme la licencia —y la sonrisa cómplice— de abrir, una vez más, esta ventana semanal de “Saboreando” para decir, alto y claro, gracias. Pero gracias de verdad, de las que no caben en un simple “ok” o en un emoticono apresurado. Gracias a tantas personas que, con motivo del pasado 19 de marzo, tuvieron a bien acordarse de este que suscribe. Por cada mensaje, llamada, correo o notificación que, como un pequeño timbre de afecto —de esos que reconcilian— que fue sonando a lo largo de todo ese día (19 de marzo). Y, créanme, lo sigue haciendo.

Porque sí, la onomástica —esa tradición tan nuestra— tiene algo de excusa perfecta. Una fecha marcada que nos recuerda que detrás de un nombre hay una historia, una cara, un puñado de manías y, con suerte, alguna que otra virtud. Y que, en el caso de San José, además, viene con doble ración: el santo… y el Día del Padre.

Ahora bien, y aquí el pequeño giro —irónico, sí, pero con miga—, estas fechas funcionan también como un eficaz barómetro del afecto. Un termómetro sentimental sin pilas. Porque uno descubre, con media sonrisa, quién aparece puntual… y quién, pese a proclamar afectos casi eternos, ese día concreto sufre un oportuno lapsus de memoria.

Y no, que nadie se altere. No hay reproches ni listas negras. Es solo una reflexión con picardía. Pero convendrán conmigo en que tiene su aquel comprobar cómo hay personas de las que jamás esperaría uno una felicitación… y ahí están. Y otras que, entre promesas y abrazos, ese día —justo ese— se esfuman. Ni rastro.

Porque en tiempos donde el móvil nos recuerda hasta que hay que beber agua, olvidarse de una onomástica requiere cierta determinación… o una agenda emocional, digamos, selectiva. Quizá no sea olvido, sino prioridad. Y ahí, precisamente ahí, es donde cada cual —sin necesidad de grandes palabras— acaba retratándose con una claridad casi fotográfica.

En el fondo, la onomástica es una oportunidad: para decir “me acuerdo de ti” sin grandes discursos, para estrechar lazos sin protocolo, para sacudir esos hilos invisibles que nos unen. Y también, por qué no, para un ejercicio silencioso de sinceridad sobre a quién dedicamos nuestro tiempo, nuestras pausas y hasta nuestros despistes.

Porque el afecto no solo se siente: se demuestra. A veces con un mensaje de diez palabras, una llamada breve o un detalle mínimo que lo dice todo. Y otras, incluso, con ese “llego tarde, pero llego”, que también tiene su mérito cuando viene acompañado de verdad.

Por eso, y volviendo al principio, este artículo no es otra cosa que un agradecimiento. A quienes estuvieron, a quienes están y a quienes estarán. A los que no fallan y a los que fallan, pero saben regresar con arte. Y también —cómo no— a quienes, al leer estas líneas, esbocen una sonrisa entre culpable y divertida: “Se me pasó”.

No pasa nada. Nunca es tarde si la intención es buena… y si viene con un poquito de salero.

Porque, al final, estas fechas no solo nos felicitan: nos invitan a poner en su sitio eso que a veces damos por hecho. El cariño. Y a recordarnos que cuidar a los nuestros no requiere grandes gestos, sino constancia en lo pequeño. Y si esa reflexión viene con humor y un leve toque picantón… que nos quiten lo “saboreado”.