Pepe Oneto

¡Orgullo Azulino!

Jóvenes muy jóvenes, que quizá no vieron jugar al San Fernando de antaño, pero que heredaron el sentimiento, el orgullo y el amor por sus símbolos
Escudo del CD San Fernando.
Escudo del CD San Fernando.

En honor a la verdad y a la honradez que siempre he intentado profesar en el ejercicio de la comunicación, comenzaré este artículo -una vez más- con una confesión personal: a mí, el fútbol, ni me ha gustado nunca ni me gusta ahora. No me atrapó de niño, no me seduce de adulto. Y, sin embargo, aquí estoy de nuevo escribiendo sobre él. O, mejor dicho, sobre algo que va mucho más allá del fútbol.

Porque este texto no trata de la cuestión futbolística en su sentido más estricto. Para eso ya están quienes saben de verdad, como tantos y tan buenos periodistas deportivos locales -por ejemplo, mi compañero y amigo José Cabeza, responsable de San Fernando Información-, que conocen a fondo la historia, el presente y el alma de este club, y pueden hablar de él con una autoridad que yo no pretendo. Yo quiero hablar de otra cosa. De lo emocional. De lo entrañable. De lo que el fútbol puede significar incluso para quienes no lo seguimos como espectáculo, pero sí lo sentimos como parte de nuestra identidad colectiva.

Este artículo sigue estando dedicado, con toda mi alma, al tristemente desaparecido San Fernando Club Deportivo Isleño, el equipo que hasta 2009 conocimos como Club Deportivo San Fernando. Porque aquel club fue mucho más que once jugadores corriendo tras un balón. Fue un símbolo. Un sentimiento compartido. Un pedazo del alma de la Isla que nos acompañó durante generaciones y que aún hoy late en la memoria colectiva.

Cuando el pasado verano se anunció el nacimiento del CD San Fernando 1940, escribí estas líneas con ilusión y esperanza. Hoy las retomo con una certeza aún mayor: aquello no era un brindis al sol. Era el inicio de algo serio, sólido y profundamente ilusionante. Desde su constitución, todo han sido éxitos. El equipo no solo funciona: triunfa. Lidera la clasificación con 33 puntos, ha ganado los 11 partidos disputados, ha marcado más de 50 goles y solo ha encajado dos. Cifras que impresionan, sí, pero que son solo la parte visible de un trabajo bien hecho, responsable y comprometido.

He visto -y sigo viendo- cómo esta realidad ha despertado una emoción genuina entre la juventud isleña. Jóvenes muy jóvenes, que quizá no vieron jugar al San Fernando de antaño, pero que heredaron el sentimiento, el orgullo y el amor por sus símbolos. Verlos vibrar en la grada, gritar al unísono, sentir el equipo como algo propio reconcilia con la esperanza y con el futuro. Porque ellos son el futuro. Y este equipo les ha devuelto un sueño que necesitaban.

Aunque no me guste el fútbol, sí creo firmemente en el valor del deporte. Practico actividad física a diario, camino largas distancias y sé por experiencia que el ejercicio es salud, equilibrio y plenitud. El deporte es cultura, educación, comunidad y futuro. Y lo que se ha logrado con el CD San Fernando 1940 no es solo recuperar un equipo: es ofrecer a nuestra sociedad -y sobre todo a nuestros jóvenes- un espacio donde crecer, soñar y construir identidad.

Mi reconocimiento sincero a quienes lo han hecho posible: responsables públicos, profesionales del deporte y todas esas personas que, desde la discreción o desde la primera línea, han trabajado para que San Fernando no perdiera una parte esencial de su historia.

Hoy la llama no solo sigue viva: arde con fuerza. Y ahora, como siempre, nos toca cuidarla entre todos. Apoyarla. Defenderla. Porque este equipo no es solo fútbol.

Es parte de nuestra alma.