Pepe Oneto

La saeta no se silencia

Resulta incomprensible que mientras en otros lugares se cuida ese instante hasta el último suspiro, aquí se le niegue el espacio que merece
Jesús Méndez cantando una saeta.
Jesús Méndez cantando una saeta.

Hay silencios que pesan más que cualquier palabra. Y hay también silencios que ofenden. El que siguen manteniendo determinadas hermandades de San Fernando ante el reiterado desaire a los saeteros no es ya solo preocupante: es, sencillamente, indignante.

Permítanme, antes de continuar, una disculpa. No es grato -ni era mi intención- volver a escribir sobre lo mismo en estas fechas de Semana Santa. Me hubiese gustado enfocar estas líneas desde el reconocimiento, desde el agradecimiento a una rectificación que nunca llegó. Pero la realidad se impone: todo sigue igual. O peor, porque ahora también pesa el silencio.

Hace aproximadamente un año, este que suscribe alzó la voz con respeto, pero con claridad. Aquella llamada encontró eco en la calle, en el sentir de muchos isleños y, especialmente, entre los saeteros. Sin embargo, quienes debían escuchar optaron por la indiferencia. Ni una disculpa. Ni un intento de diálogo. Ni el más mínimo gesto.

Conviene recordarlo con firmeza: la saeta no es un adorno ni un recurso accesorio. Es emoción, es plegaria, es identidad. Es, en esencia, un rezo cantado que nace de lo más profundo del alma. Y si de verdad hablamos de fe, si de verdad quienes dirigen nuestras cofradías sienten la religiosidad que proclaman, resulta obligado -casi inexcusable- respetar ese rezo saetero en toda su integridad, sin prisas, sin interrupciones, sin imposiciones externas que lo desvirtúen.

Y este año, además, esa ausencia se hará aún más visible. Porque ya no estará entre nosotros Rafael Vargas, decano de los saeteros isleños. Se nos fue hace apenas un año, dejando tras de sí no solo un legado artístico incuestionable, sino también el recuerdo de una persona cercana, con un fino sentido del humor y una devoción sincera que traspasaba cada una de sus saetas. Su voz, su forma de sentir y de transmitir, formaban parte de esa memoria colectiva que hoy echaremos de menos en nuestras calles.

Precisamente por figuras como la suya, por lo que representan y por lo que han dado, duele aún más lo que sigue ocurriendo.

No hablamos de hechos aislados. Hablamos de una práctica reiterada: pasos que no se detienen, bandas que irrumpen, tiempos que no se respetan. Y en todo ello hay algo más que desorganización. Hay una preocupante falta de sensibilidad y de respeto.

Porque la saeta no pertenece solo al saetero. Pertenece al pueblo.

Resulta incomprensible que mientras en otros lugares se cuida ese instante hasta el último suspiro, aquí se le niegue el espacio que merece. No es una cuestión menor. Es una cuestión de respeto, de fe y de identidad.

La indignación es evidente. No solo en quien firma estas líneas, sino en muchísimos isleños que sienten que algo se está perdiendo. Y no por falta de tradición, ni de talento, sino por falta de voluntad.

Aún estamos a tiempo de rectificar. De escuchar. De entender que la grandeza de nuestra Semana Santa no reside solo en lo que se ve, sino en lo que se siente. Y pocas cosas se sienten como una saeta que se eleva sin prisas, con el recogimiento que merece.

Ojalá no tengamos que volver a insistir. Ojalá el eco de la saeta recupere el lugar que nunca debió perder.

Porque cuando se silencia una saeta, no pierde solo el saetero.

Perdemos todos.