Pepe Oneto

El síndrome de la titulitis

Por eso este artículo nace como un tirón de orejas elegante pero firme a quienes, con un título en la mano, desprecian a los que no lo tienen. La formación universitaria es un privilegio, nunca un arma arrojadiza. Un título debería ser herramienta, no pedestal; impulso, no vanidad

Cuando el título pesa más que el talento. Ante todo, y por encima de cualquier consideración, conviene dejar algo claro: la formación académica no es importante, es imprescindible. Una sociedad que no valore el conocimiento está condenada a caminar a oscuras. Estudiar, formarse y aspirar a una educación universitaria debe seguir siendo un horizonte para los jóvenes y para cualquier persona que quiera crecer. Este artículo, por tanto, no es una apología de la ignorancia, ni un canto a la desidia. Todo lo contrario: es una defensa rotunda de la preparación, del esfuerzo y del estudio.

Sin embargo, dicho esto, hay una realidad incómoda que merece ser señalada: el síndrome de la titulitis. Ese fenómeno en el que el diploma cuelga en la pared con más brillo que el propio talento de quien lo obtuvo. Personas que confunden el cartón con la capacidad, la rúbrica con el mérito y el título con la profesionalidad. Individuos que miran por encima del hombro a otros simplemente porque no pasaron por la universidad, como si la vida solo otorgara valor a quien acumula credenciales.

La paradoja es que, muchas veces, los que más presumen de tener un título son precisamente quienes menos demuestran saber ejercerlo. Bulto con papeles. Palabras huecas con marco dorado. Profesionales que han convertido su título en escudo y su ignorancia en rutina. Y esto ocurre en muchas disciplinas, desde la medicina hasta la abogacía, pasando por el periodismo.

El periodismo, por ejemplo, ofrece casos memorables. Existen licenciados que jamás han olido la calle, que no saben escuchar, que no distinguen un dato de un prejuicio y que se parapetan en una tarjeta profesional para disimular sus carencias. Y luego están los otros: los autodidactas, los que no tuvieron la oportunidad de una formación universitaria, pero poseen un instinto natural para narrar, preguntar, investigar y contar la vida tal como late. Personas sin diploma, pero con una maestría innata que muchos titulados jamás alcanzarán.

Y aquí conviene ser justos: no todos los titulados presumen, ni todos los no titulados son genios. Ni mucho menos. Pero es innegable que existe un amplio grupo de profesionales sin estudios universitarios que son auténticos prodigios de su oficio, hombres y mujeres que han aprendido a base de talento, observación, curiosidad y trabajo. A ellos la sociedad les debe un homenaje, porque han tenido que remar el doble para llegar al mismo puerto… y muchas veces lo han hecho con mayor brillantez.

Esos son los que merecen nuestro aplauso: los que saben sin alardear, los que trabajan sin presumir, los que honran su oficio sin necesidad de un marco con su nombre.

Por eso este artículo nace como un tirón de orejas elegante pero firme a quienes, con un título en la mano, desprecian a los que no lo tienen. La formación universitaria es un privilegio, nunca un arma arrojadiza. Un título debería ser herramienta, no pedestal; impulso, no vanidad.

Defendamos la educación, animemos a los jóvenes a formarse, a estudiar, a llegar tan lejos como puedan. Pero recordemos también que el verdadero valor de un profesional no está en las siglas que figuran en su currículum, sino en la manera en que ejerce, respeta y dignifica su trabajo.

Porque, al final, el talento no lo otorgan los títulos.

El talento lo otorga la vida.